Ganarse la titularidad.

Cuando un jugador decide cambiar de equipo, deja la comodidad, comodidad que a la larga hace más mal que bien. Y eso es de valientes. Porque cambiar de equipo es empezar de nuevo, es renunciar al equipo que te conocía, a la cancha que conocías, a los hinchas que te idolatraban, al vestidor donde siempre llegaba una palmadita conocida en la espalda al inicio o final del partido, igual que una puteada, pero de alguien conocido, de alguien que te quiere. Y ahí eres feliz. Pero la felicidad es efímera, quien la busca en el mismo lugar corre el gran riesgo de dejar de verla, porque así le sucede a las bonitas cosas que permanecen siempre en el mismo lugar. Tienden a pasar desapercibidas. ¡Jodida que es la costumbre!

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Así que, cuando por fin decidas cambiar de equipo, entenderás que tendrás que entrenar más duro y horas extra, que pasaste de conocer a que te conozcan, que tendrás que aprender todo de nuevo, que no tan fácil te van a pasar la pelota, que hay tramos de la nueva cancha donde corre más rápido el balón, y así de rápido habrá que memorizarlos; entenderás que meter goles cuesta más y que la titularidad hay que ganársela. Siempre y a toda costa. Porque así en la vida como en futbol, sólo saliendo a ganarse la titularidad es que aprendes que la felicidad es como una pelota, siempre va a correr más rápido que tú y toca ir a alcanzarla, para patearla fuerte y repetir la dosis; porque a la felicidad nunca hay que dejarla en el mismo sitio, sólo si está adelante es que puede verse, sólo si está adelante te vas a atrever. Porque a veces cambiar de equipo es la única forma que tiene la vida (y el futbol) de comprobarte que puedes dejarlo todo, pero nunca dejarte a ti.

Cuando no se tiene la pelota.

La principal frustración del futbol es que se juega con una pelota y el 95% de lo que dura el partido no la vas a tener. Javier Aguirre, técnico de la selección mexicana en 2002 y 2010 sacaba una básica regla de tres que enunciaba más o menos así: “Un partido dura 90 minutos y hay 22 jugadores en la cancha, por honor a la estadística, cada jugador (si bien le va) tendrá 4 minutos la pelota. Lo que hay que hacer en esos 4 minutos, está claro. La verdadera incógnita es qué se hace todo el tiempo restante que no se tiene”.

Y es que cuando se tiene la pelota puedes pasarla, patearla, quererla y si te atreves, recogerla del fondo de la red, tomarla con las manos y besarla. Nuestra infelicidad viene de haber aprendido que sólo se puede ser feliz cuando se tiene la pelota y ser todo lo demás cuando no se tiene. Nos condenaron a quererla siempre y a sufrir por no tenerla. Y así se nos va el partido (y la vida), angustiados, correteándola, viendo como alguien más le  acaricia.

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Lo que nadie te dice, lo que no está escrito en ninguna parte, es que el tiempo restante (que dicho sea de paso, es la mayoría del tiempo) sirve para disfrutar el paisaje, para correr desbocado, para cansarte de jalarle la camiseta a la vida, para pegarle un codazo cuando el árbitro no te ve, para desgañitarte de pedir el balón sin importar si te lo pasan o no, incluso sirve para descansar. El tiempo restante, sirve para aprender que la felicidad se trabaja, para que cuando nos llegue, aunque sea por poquito tiempo, sepamos qué hacer con ella.

Porque no hay cosa más infeliz que ser feliz y no saberlo.

Hacer los cambios a tiempo.

Gran parte del éxito del futbol (y la vida) consiste en saber encajar los cambios en el tiempo. Un cambio de ritmo o de juego, un cambio de jugador o de técnico, un cambio de estrategia o de táctica, un cambio de look o un cambio de equipo, un cambio de vida o muerte, un cambio. Los cambios son importantes siempre, pero más importante es saber cuándo hacerlos, ahí está el secreto del éxito. El tiempo es sabio y bien manejado juega a favor y eso es lo que todos deberíamos de saber por poco que sepamos.

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En el mundial del 94, México (quizá con la mejor selección que se ha tenido) llegó a octavos de final contra Bulgaria, un equipo que parecía asequible en el papel, sin embargo sorprendieron con un gol tempranero y diez minutos más tarde el tricolor empató de penal. El partido volvía a estar como al principio y la selección nacional mostraba jerarquía, parecía estar todo bajo control nuevamente, el mayor de los engaños, “parecer estar todo bajo control”, algunos le llaman la zona de confort. Ese empate se extendió a tiempos extra y el técnico con un ataque de dudas, no se atrevió a hacer un solo cambio, ni uno solo, el miedo pudo más, dejando en la banca a Hugo Sánchez, el delantero más letal que ha dado México. De los tiempos extra pasaron a los penales donde finalmente perdieron irremediablemente. El técnico tuvo que cargar con esa pesada loza. No hacer los cambios a tiempo había cobrado la factura más hija de puta, la del “qué hubiera pasado”.

En la vida (y el futbol) siempre habrá“casualidades”, síntomas, padecimientos, enfermedades y todas ellas son señales, señales que empujan, que muerden, que hacen aspavientos, por eso se recomienda andar por ahí bien atento haciéndoles caso, con un ojo a la pelota y otro al rival, con una mano en la urgencia y la otra en la puerta. Nunca se sabe cuándo hay que salir corriendo de lo que ya no te hace feliz. Porque hay leyes que se cumplen por encima de las voluntades, por encima de las terquedades de disimular que todo está bien, por encima de aferrarse a la zona de confort donde a veces, ya no hay nadie mas que nosotros. Esas leyes, sabias que son, nos enseñan que el tiempo sólo puede brindarnos dos tipos de destino, el fijado y el aceptado, es por eso que si no cambias la vida, la vida te cambia. Irremediablemente.

Por eso la única manera de no pagar la factura del “qué hubiera pasado”, es empezar por aprender que los cambios hay que hacerlos a tiempo.