Los derrumbes.

En el 2002 se demolió el mítico estadio Wembley, en 2006 el Highbury Park, hogar del Arsenal y en 2017, el Vicente Calderón, la casa del Atleti. Todos, templos del futbol, y aún así los derrumbaron con la promesa de hacer un nuevo y mejorado estadio. Y así es esto, tanto en la vida como en el futbol, las mejores épocas están marcadas por las grandiosas cosas que fueron, pero ya fueron, por lo que se quedó atrás, por lo que ya no volverá.

Recuerdo muy bien lo del Vicente Calderón, los hinchas, tan pronto se enteraron que no iba a existir más, fueron al estadio y cada quien como pudo se llevó un pedazo suyo a casa o váyase a saber dónde, porque casa era justo lo que acaban de quitarles. Por esos tiempos, los hinchas se juntaron y entre risas y llanto, recordaban los goles históricos que ahí gritaron, las glorias vividas y las derrotas padecidas. Aceptando a regañadientes la implacabilidad de los nuevos tiempos que empujan a otra cosa. Viviendo una mezcla rara de emociones, por un lado aceptando la derrota del derrumbe y por otro, queriendo creer en el porvenir.

Y es que creo firmemente que los derrumbes están para eso, para hacer el corte de caja de lo vivido. Para entender que  sólo se debe mirar atrás si el propósito es aprender a saborear mejor lo que viene. Que los derrumbes están bien, que sirven de contraste y de encontrarse. Porque seamos honestos, a cierta altura del partido, a uno más que ganar, le importa disfrutar el juego, regresar a la base de todo, a los cimientos, por eso hay que derrumbarse de vez en cuando. Es la forma que se tiene para entender que un minuto más es un minuto menos, y desde ahí, tanto en la vida como en el futbol, se aprende a querer mejor lo que nos damos cuenta que está por terminarse. 

Y yo creo en el porvenir que dan los derrumbes, como un acto de fe para tirarlo todo y volver a construir de nuevo lo nuevo. Todas las veces que sean necesarias.