El contragolpe.

El contragolpe en el futbol es lo que se le conoce como la revancha en la vida. Siempre viene precedido de una jugada de peligro en propia área, cuando tienes a los once metidos atrás y rezas para que no te metan gol; puede ser un tiro de esquina en contra, un tiro directo, incluso ha habido veces que viene de un penal atajado. Imagínate eso, ¡Un penal atajado! La gloria puesta en el escenario más dramático. Así es el futbol, así es la vida.

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El contragolpe no es más que una serie de eventos afortunados cuyo desenlace no siempre es la gloria. Es sólo una posibilidad. Es lo más parecido a juntar fuerza, voluntad, coraje, ventaja y rapidez que con la suerte precisa se le añade certeza para coronar el gol.

El contragolpe sabe distinto, porque anotar viniendo de atrás siempre sabe mejor, tal vez sea por esa rara condición humana bipolar de no concebir infierno sin gloria o tal vez sea por las disposiciones biológicas de dotarnos de un mecanismo de defensa el cual genera más adrenalina en condiciones adversas. Yo soy de los creyentes que un gol de contragolpe son de las jugadas más hermosas que tiene el futbol porque sí o sí, son de las más futboleras, lo tienen todo, se necesita atravesar todo el campo de juego, corriendo a todo galope para mantener la ventaja (sólo así se le gana a la vida), mirar siempre para adelante, sin el lujo de poder fallar un solo pase, dejando desparramado a uno que otro defensa indefenso y venciendo al guardameta guardando en la meta el balón. Cuando eso suceda, cuando tengas en tus manos (o tus pies) la posibilidad de revancha y la consigas, festeja, llora, ríe, híncate, abraza, pero sobretodo memoriza un principio básico del contragolpe: ninguna revancha se concreta solo, hay que jugar con la gente adecuada, gente que comparta las mismas ganas, la misma hambre y el mismo reto.

Yo soy de los creyentes que creen que en la vida (y el futbol) siempre se debe de jugar en equipo, porque quien juega en equipo multiplica las alegrías sabiendo que el gol de uno es el gol de todos.

Los hacedores de autogoles

Meter la pelota en propia puerta es tal vez de los actos más desafortunados que existen, pero no sólo desafortunados, también más injustos y dolorosos. Los autogoles son una máquina demoledora porque aunque el equipo completo sufra tal desdicha, jamás se compara con el daño interior de quien lo provoca. Están hechos de dolor, de la materia con que se han hecho los cuchillos más afilados. Porque no hay sufrimiento más entero que la decisión que intentas que te salve la vida es la misma que acaba quitándotela.

Iceland v Hungary - EURO 2016 - Group F

Por eso, en la vida rodéate de la gente que ha hecho muchos autogoles, de ellos hay que aprender; porque los goles, con un poco de suerte, los hace cualquiera, pero los autogoles no, esos son de los valientes, son de los grandes, son de los audaces, de los que sin temor se lanzan en el área chica sabiendo el riesgo que corren si no despejan de lleno ese balón. Rodéate de ellos, que son los únicos que te pueden contar cabalmente lo hermoso que es el futbol (y la vida). No les creas a nadie más. Sólo ellos pueden entender el dolor que provoca la buena intención. Sólo ellos sabrán narrarte con un nudo en la garganta lo peligroso de una rápida decisión. Así que búscalos, encuéntralos y apréndeles lo suficiente hasta que te conviertas en uno de ellos, porque sólo los hacedores de autogoles saben portar con orgullo heridas profundas, que con el tiempo adecuado, forman el carácter correcto. Y quien se sigue lanzando en el área sin temor de meterla en propio arco (o a pesar de ello), ha entendido más de la vida y el futbol que todos. Conviértete en uno de ellos. Esa gente, los hacedores de autogoles involuntarios son los que nos enseñan que el campo de juego está hecho para jugársela siempre, porque no hay mayor satisfacción que la de morir con el deber cumplido.

Y a eso venimos, a morir con la suerte echada de por medio, pero con la voluntad intacta.

El partido se va a acabar.

El futbol son de las cosas que no se deben tomar muy en serio, por ahí escuché una de las más acertadas definiciones que se le puede hacer a este hermoso deporte, la dijo Valdano, el filósofo: “El futbol es lo más importante de lo menos importante”.  Un traje a medida sin duda. Y es que debería estar penado entrar enojado al campo de juego, ya sea como jugador, aficionado, técnico o el poli que se para entre una y otra barra por si algo sale mal. Si entras enojado deberías de entrar con una amarilla por default. Por que al campo de juego se debe ir con alegría, con una felicidad desbordante, que ahí es donde pasa todo, lo bueno y lo malo, lo curioso para los que viven de las estadísticas, lo asombroso para los que no creen en dios y lo temerario para los que no le tienen miedo a la inmortalidad.

No hay alegría más plena que la de un árbitro pitando el inicio del juego, es un gozo indescriptible, lo tienes todo por delante, ¡cómo no estar feliz!. Es lo más parecido a la sensación de saber que estás a punto de hacer el amor y ahí se vale todo, porque aunque no se diga, se sabe.

ITALIA VS ESPANA

Invéntate cualquier jugada, no te guardes nada, que el partido te da de todo, no lo dudes. Ya habrá tiempo de pedir perdón si fallas, recuerda que el corazón es el que manda siempre. Por eso cuando la vida te sorprenda a mitad del partido, cuando finalmente entiendas que ya estás jugando sin pedirlo, no olvides estas sencillas recomendaciones, puede que te hagan falta.

Pase lo que pase, nunca pierdas la sonrisa.

Nunca reclames, la justicia es caprichosa, no pierdas tiempo en tratar de entenderla.

Entra fuerte al balón pero nunca malintencionado.

Cada vez que puedas, intenta una genialidad, siempre habrá alguien en algún rinconcito de alguna grada que lo agradezca.

Juega para adelante siempre, los goles más valiosos son en la portería contraria.

Pide el balón todo el tiempo y pásalo cada vez que puedas, la felicidad también viene de compartir.

Celebra igual un gol que una salvada en contra, ambos lados de la moneda son igual de importantes.

Nunca subestimes al rival, pero sobretodo, nunca te subestimes a ti mismo.

Recuerda que aquí hay rivales no enemigos, a los primeros se les vence a los segundos se les ignora.

Llegado el momento, te darás cuenta que el marcador es lo de menos, porque la alegría de jugar es un acto de amor que se justifica a sí mismo.

No importa cuántas alegrías y tristezas te dé el futbol (o al vida), ten siempre presente por sobre todas las cosas, que ningún partido es para siempre y quien tiene claro eso, ya empezó con gol de vestidor a favor.

El partido, nos guste o no, se va a acabar my friend y como esto no es de gustos, más vale que nos guste.

Mandar al portero a rematar.

¡En qué situación tiene que ponerte la vida para mandar al portero a rematar!

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En definitiva, tienes que estar con un marcador adverso, tiene que ser el último minuto y tienes que sacar el resultado como sea. Imagínate los factores que se tienen que cruzar para estar en tales condiciones, pero por muy contradictorio que parezca, cuando te suceda esto, agradece. Porque no hay acto de fe más suicida ni más desesperado que mandar al guardameta a que haga un milagro. Y los milagros suceden, no siempre, pero suceden y suceden porque se provocan, porque te provocan y ahí el sabor de la gloria se vuelve épico, histórico. Hay batallas que no ganan una guerra pero su sabor de victoria es para siempre. Como cuando Moisés Muñoz hizo aquel gol del empate frente al Cruz Azul en la última jugada para darle en penales el campeonato al América y pasó de la tristeza a la alegría en un santiamén, porque en el futbol (y en la vida) da lo mismo perder por dos que por tres. Cuando te digan que eres un soñador, manda al portero a rematar, cuando te nieguen el sí por segunda, tercera, quinta vez, manda al portero a rematar, cuando te digan que no naciste para esa profesión, manda al portero a rematar, cuando estés a punto de separarte, manda al portero a rematar, cuando te diagnostiquen enfermo, cuando digan que te quedan pocos días de vida, manda al portero a rematar. Porque lo bueno de perderlo todo es que también se pierde el miedo y a veces quien ya no tiene nada que perder está más cerca de ganarlo todo.

Y como dicen por ahí, el último minuto de juego también tiene sesenta segundos, así que la próxima vez que tengas el marcador en contra, la pelota a favor y sientas que se te acaba el tiempo. Nunca dudes. No lo pienses. Manda al portero a rematar. Siempre.