El partido

Respirar hondo.

Dos, tres, cuatro veces.

Cerrar los ojos, pensar en algo lindo.

Relajar la mandíbula y la mirada.

Salir corriendo a todo galope.

Caerse.

Levantarse.

Caerse.

Levantarse.

Caerse.

Lesionarse. Salir de cambio.

Llorar, berrear, sentir que todo está perdido.

Putear la injusticia. Aceptar que tal concepto no existe.

Creer ver el final, pero el final no llega.

Aún.

Regresar por lo perdido. Perder. Empatar. Ganar.

Volver a perder y aprender a saborear los fracasos para cuando vengan las glorias.

Descansar. Saber descansar. No ir tan a prisa.

Golpear fuerte pero nunca malintencionado.

Una amarilla.

Dos. Salir expulsado.

Anhelar el regreso.

Morirte de sed.

Matarte en el campo.

Llorar al inicio y al final.

Abrazar de euforia cuando se gana con la misma intensidad que se abraza de tristeza cuando se pierde.

Gritar hasta quedarse sin voz.

Romperse hasta quedarse sin nada.

Pelear todas las veces que sean necesarias con el resultado en contra.

Dejarse la piel en cada minuto.

Y cada minuto recordarnos el alba.

El pitazo final.

La resignación del resultado.

Respirar hondo. Muy hondo.

Dejar salir el último aliento.

Irnos felices con el deber cumplido.

Parece nada, pero lo es todo.

Parece futbol pero es la vida.

Y la vida en lo hermosa que es, cómo se parece al futbol.

Los derrumbes.

En el 2002 se demolió el mítico estadio Wembley, en 2006 el Highbury Park, hogar del Arsenal y en 2017, el Vicente Calderón, la casa del Atleti. Todos, templos del futbol, y aún así los derrumbaron con la promesa de hacer un nuevo y mejorado estadio. Y así es esto, tanto en la vida como en el futbol, las mejores épocas están marcadas por las grandiosas cosas que fueron, pero ya fueron, por lo que se quedó atrás, por lo que ya no volverá.

Recuerdo muy bien lo del Vicente Calderón, los hinchas, tan pronto se enteraron que no iba a existir más, fueron al estadio y cada quien como pudo se llevó un pedazo suyo a casa o váyase a saber dónde, porque casa era justo lo que acaban de quitarles. Por esos tiempos, los hinchas se juntaron y entre risas y llanto, recordaban los goles históricos que ahí gritaron, las glorias vividas y las derrotas padecidas. Aceptando a regañadientes la implacabilidad de los nuevos tiempos que empujan a otra cosa. Viviendo una mezcla rara de emociones, por un lado aceptando la derrota del derrumbe y por otro, queriendo creer en el porvenir.

Y es que creo firmemente que los derrumbes están para eso, para hacer el corte de caja de lo vivido. Para entender que  sólo se debe mirar atrás si el propósito es aprender a saborear mejor lo que viene. Que los derrumbes están bien, que sirven de contraste y de encontrarse. Porque seamos honestos, a cierta altura del partido, a uno más que ganar, le importa disfrutar el juego, regresar a la base de todo, a los cimientos, por eso hay que derrumbarse de vez en cuando. Es la forma que se tiene para entender que un minuto más es un minuto menos, y desde ahí, tanto en la vida como en el futbol, se aprende a querer mejor lo que nos damos cuenta que está por terminarse. 

Y yo creo en el porvenir que dan los derrumbes, como un acto de fe para tirarlo todo y volver a construir de nuevo lo nuevo. Todas las veces que sean necesarias.

EL SEGUNDO TIEMPO.

Si la vida fuera un partido de futbol, duraría setenta y nueve años. 79. Con letra y número. Setenta y nueve. Esa es la estadística, el promedio de un ser humano en nuestros tiempos, y por honor a esa estadística, llega una edad en que sacando matemáticas te das cuenta que ha comenzado el segundo tiempo. Pita el árbitro y toca patear el balón desde el centro de la cancha hacia atrás, siempre hacia atrás, esto por regla general tiene todo el sentido, antes de ir para adelante se tiene que ir para atrás, es la mejor forma de decirse a uno mismo, “venga, vayamos con calma que hay prisa”. Y saber que de ahí en adelante toca improvisar, porque ya no habrá charla técnica, ni tiempo para pensar que nos queda tiempo, nos cambiaron el tiempo de descanso por tiempo de descuento, (si bien nos va).

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El segundo tiempo no sé si es mejor que el primero, pero es el que queda y toca jugarlo con la ventaja de que la historia ya esté un poco escrita, pero sin importar eso, hay que salir a hacer goles, el futbol fue creado para hacer goles (no es casualidad que goal signifique meta en inglés). Empiezo a creer que el segundo tiempo está hecho para ubicarnos; porque en estas instancias ya todos sabemos que la gente se va, metafórica y existencialmente, se va. Ya sabemos que nos toca convivir más y frecuentemente con los doctores, que la gente cercana enferma, enfermamos. Que no siempre vamos a tener la pelota de nuestro lado. Vivimos con un pie en la nostalgia y otro en el futuro. El cuerpo empieza a rendir menos, a pasarte factura del primer tiempo. Y todo bien desde aquí, desde el comienzo del segundo tiempo, desde aquí sólo me abstengo a seguir algunas recomendaciones que escuché de los que ya se les acabó el partido, ésos, que con la experiencia a cuestas alguna vez me dijeron “juegues o no juegues, el partido se va acabar”, y qué razón tenían.

“Patea fuerte, pero nunca malintencionado, las puertas de la vida se abren a patadas no a súplicas”. “Aprende a disfrutar el juego, si lo padeces ya vas perdiendo”. “Provoca más alegrías que tristezas, las últimas llegan solas y si les das cabida, cada vez serán más frecuentes”. “Se goza de tener el balón, pero se goza más repartiéndolo”. “Nunca hagas tiempo, es innecesario, porque el tiempo es eterno, tú no”. “Los goles de último minuto valen el doble, no los sabes hasta que los anotas”. “No te quedes con las ganas de nada, que a los moribundos les llegan las ganas de vivir justo cuando ya no les queda vida”. “Y al final, el marcador no importa tanto, sólo es un invento para jugar lo mejor posible”.

Por eso y más, creo firmemente que el segundo tiempo tiene la perfecta analogía de salir a morir, así que toca tener bien presente cada minuto una regla de oro: Así en la vida como en el futbol nada está escrito; una expulsión, salir de cambio, una fractura de tobillo o hasta una tormenta puede venir a suspender tu partido antes de lo previsto. Mas nos vale no posponer los goles para el final, que del final lo único que se sabe es que llega.

Bienvenidos todos los que están en el segundo tiempo de la vida, vayamos con calma que hay prisa.

La retirada.

No todo trae visible una fecha de caducidad, de eso trata el camino, de descubrirlo, a veces los años llaman y te dicen hasta aquí. A veces una lesión te chinga la rodilla y nunca más, a veces alguien te avisa, debes parar; a veces solito te das cuenta y lloras por lo que se tiene que dejar y no quieres (no así). Porque las retiradas nunca son fáciles, no importa si son planeadas o no, no importa si te llegan un viernes a las seis de la tarde o en un otoño que parece invierno. Pero en la vida (y en el futbol) en algún momento la retirada es inevitable y sean las que sean las circunstancias, se necesita mucho pecho para ponérselo a los cañonazos y aceptar que el tiempo nos enseña que salvo él, todo, absolutamente todo lo demás es finito.

Cuando sea el momento, cuando realmente la vida te ponga en frente de la fecha de caducidad de cualquier etapa de tu vida, sabrás que hay que hacer la retirada con la mayor dignidad posible. Porque los goles hechos, los penales cobrados, las derrotas padecidas, las faltas dadas y recibidas, las victorias palpadas y cada minuto jugado te hicieron mejor el viaje, atesóralos. Con el tiempo se mirarán más valiosos.

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Cuando toque hacer la retirada, toca tener presente, muy presente que la mirada puede bajarse un poco, los brazos nunca; que el dolor es inevitable, pero hay que evitar hacerle nido por mucho tiempo y que cuando lo bueno se va, lo mejor viene.

Por eso, en la vida como en futbol, cuando toque hacer la retirada, que no se olvide también retirar todo lo malo, que así es como se gana el último partido que ya no se jugó. Así es como finalmente la sonrisa se convierte en un boomerang y terminas por confirmar que sí, de eso siempre se ha tratado el camino. 

Ganarse la titularidad.

Cuando un jugador decide cambiar de equipo, deja la comodidad, comodidad que a la larga hace más mal que bien. Y eso es de valientes. Porque cambiar de equipo es empezar de nuevo, es renunciar al equipo que te conocía, a la cancha que conocías, a los hinchas que te idolatraban, al vestidor donde siempre llegaba una palmadita conocida en la espalda al inicio o final del partido, igual que una puteada, pero de alguien conocido, de alguien que te quiere. Y ahí eres feliz. Pero la felicidad es efímera, quien la busca en el mismo lugar corre el gran riesgo de dejar de verla, porque así le sucede a las bonitas cosas que permanecen siempre en el mismo lugar. Tienden a pasar desapercibidas. ¡Jodida que es la costumbre!

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Así que, cuando por fin decidas cambiar de equipo, entenderás que tendrás que entrenar más duro y horas extra, que pasaste de conocer a que te conozcan, que tendrás que aprender todo de nuevo, que no tan fácil te van a pasar la pelota, que hay tramos de la nueva cancha donde corre más rápido el balón, y así de rápido habrá que memorizarlos; entenderás que meter goles cuesta más y que la titularidad hay que ganársela. Siempre y a toda costa. Porque así en la vida como en futbol, sólo saliendo a ganarse la titularidad es que aprendes que la felicidad es como una pelota, siempre va a correr más rápido que tú y toca ir a alcanzarla, para patearla fuerte y repetir la dosis; porque a la felicidad nunca hay que dejarla en el mismo sitio, sólo si está adelante es que puede verse, sólo si está adelante te vas a atrever. Porque a veces cambiar de equipo es la única forma que tiene la vida (y el futbol) de comprobarte que puedes dejarlo todo, pero nunca dejarte a ti.

Cuando no se tiene la pelota.

La principal frustración del futbol es que se juega con una pelota y el 95% de lo que dura el partido no la vas a tener. Javier Aguirre, técnico de la selección mexicana en 2002 y 2010 sacaba una básica regla de tres que enunciaba más o menos así: «Un partido dura 90 minutos y hay 22 jugadores en la cancha, por honor a la estadística, cada jugador (si bien le va) tendrá 4 minutos la pelota. Lo que hay que hacer en esos 4 minutos, está claro. La verdadera incógnita es qué se hace todo el tiempo restante que no se tiene”.

Y es que cuando se tiene la pelota puedes pasarla, patearla, quererla y si te atreves, recogerla del fondo de la red, tomarla con las manos y besarla. Nuestra infelicidad viene de haber aprendido que sólo se puede ser feliz cuando se tiene la pelota y ser todo lo demás cuando no se tiene. Nos condenaron a quererla siempre y a sufrir por no tenerla. Y así se nos va el partido (y la vida), angustiados, correteándola, viendo como alguien más le  acaricia.

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Lo que nadie te dice, lo que no está escrito en ninguna parte, es que el tiempo restante (que dicho sea de paso, es la mayoría del tiempo) sirve para disfrutar el paisaje, para correr desbocado, para cansarte de jalarle la camiseta a la vida, para pegarle un codazo cuando el árbitro no te ve, para desgañitarte de pedir el balón sin importar si te lo pasan o no, incluso sirve para descansar. El tiempo restante, sirve para aprender que la felicidad se trabaja, para que cuando nos llegue, aunque sea por poquito tiempo, sepamos qué hacer con ella.

Porque no hay cosa más infeliz que ser feliz y no saberlo.

La remontada (del terremoto).

Hay una máxima en el futbol que reza: El 2-0 es el marcador más engañoso que existe. Y lo es, debe de serlo, porque hoy más que nunca quiero creerlo, debemos creerlo. Un terremoto de 7.1 escala Richter sacudió a México el pasado 19 de septiembre, una fecha que se convirtió cabalística por ser la misma en la que hace 32 años nos sacudió con mucha violencia otro terremoto.

Este es el segundo. 

Y siempre es doloroso recibir un segundo gol, porque te pone al borde de la goleada, del abismo y si se cae, se vuelve más sinuoso el regreso, pero aún perdiendo hay esperanza. Eso nos enseña el futbol (y la vida), porque jugar de local cuenta y cuenta mucho, y creo en la remontada. De ésas épicas, de ésas que se cuentan en otros 32 años a los hijos y nietos, que se vuelven leyendas, que está llena de lágrimas de emoción y coraje; que se quedan para siempre en la memoria de todos. De ésas que no nos vamos a cansar de poner de ejemplo diciendo: «Buen futbol el de antes, cuando todo parecía perdido y vinimos de atrás para hacer la remontada».

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¿Que porqué creo en la remontada?

Porque contamos con el mejor equipo, con cambios de lujo, la mejor afición en la cancha y fuera de ella (Porque los que apoyan desde lejos también empujan). Porque somos incansables, valientes, veloces, creativos y medio mañosos. Sí, mañosos, ese adjetivo que suena feo pero es el que mejor define al que resuelve con atajos y mañas lo que alguien le dijo que así no se resolvía. Creo en la remontada porque no se para de cantar el Cielito lindo en los puntos de rescate. «Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo los corazones». Porque el mexicano tiene esa gran costumbre de no dejar de cantar hasta cuando se va perdiendo, porque entendió que también de dolor se canta y es la manera más hermosa de llorar.

Creo en la remontada, porque jugamos muy bien en todas las líneas, porque estamos plagados de cracks, en estos días conocí a varios de primera mano que es un deleite verlos jugar dando pases precisos y preciosos al pie y al pecho (o la mano). Hay que mostrarle al mundo que las «Manos de Dios» son éstas que no se cansan de anotar goles y que se dan aquí, en tierra Azteca, ¿en dónde si no?. Tenemos la mejor cantera y tenemos fe en nosotros mismos que no es poca cosa. Vamos a sacar el resultado, y no, no estamos pensando en el empate. Vamos a ganar por goleada, estamos trabajando para hacerlo. 

Para que en algunos años, miremos para atrás y sin temor a equivocarnos le contemos al mundo que en 2017 tuvimos la mejor selección mexicana de nuestra historia. Jugaba tan bonito, que aún sin ser mexicano, querían verla ganar.
Y ganaremos, nos lo prometemos. 

Hacer los cambios a tiempo.

Gran parte del éxito del futbol (y la vida) consiste en saber encajar los cambios en el tiempo. Un cambio de ritmo o de juego, un cambio de jugador o de técnico, un cambio de estrategia o de táctica, un cambio de look o un cambio de equipo, un cambio de vida o muerte, un cambio. Los cambios son importantes siempre, pero más importante es saber cuándo hacerlos, ahí está el secreto del éxito. El tiempo es sabio y bien manejado juega a favor y eso es lo que todos deberíamos de saber por poco que sepamos.

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En el mundial del 94, México (quizá con la mejor selección que se ha tenido) llegó a octavos de final contra Bulgaria, un equipo que parecía asequible en el papel, sin embargo sorprendieron con un gol tempranero y diez minutos más tarde el tricolor empató de penal. El partido volvía a estar como al principio y la selección nacional mostraba jerarquía, parecía estar todo bajo control nuevamente, el mayor de los engaños, “parecer estar todo bajo control”, algunos le llaman la zona de confort. Ese empate se extendió a tiempos extra y el técnico con un ataque de dudas, no se atrevió a hacer un solo cambio, ni uno solo, el miedo pudo más, dejando en la banca a Hugo Sánchez, el delantero más letal que ha dado México. De los tiempos extra pasaron a los penales donde finalmente perdieron irremediablemente. El técnico tuvo que cargar con esa pesada loza. No hacer los cambios a tiempo había cobrado la factura más hija de puta, la del “qué hubiera pasado”.

En la vida (y el futbol) siempre habrá“casualidades”, síntomas, padecimientos, enfermedades y todas ellas son señales, señales que empujan, que muerden, que hacen aspavientos, por eso se recomienda andar por ahí bien atento haciéndoles caso, con un ojo a la pelota y otro al rival, con una mano en la urgencia y la otra en la puerta. Nunca se sabe cuándo hay que salir corriendo de lo que ya no te hace feliz. Porque hay leyes que se cumplen por encima de las voluntades, por encima de las terquedades de disimular que todo está bien, por encima de aferrarse a la zona de confort donde a veces, ya no hay nadie mas que nosotros. Esas leyes, sabias que son, nos enseñan que el tiempo sólo puede brindarnos dos tipos de destino, el fijado y el aceptado, es por eso que si no cambias la vida, la vida te cambia. Irremediablemente.

Por eso la única manera de no pagar la factura del “qué hubiera pasado”, es empezar por aprender que los cambios hay que hacerlos a tiempo.

Amarrar el empate.

Cuando se sale a la cancha tienes asegurado el empate, la mayoría de las veces cuando se viene a la vida también. Sin embargo hay excepciones, y de esas deberíamos de aprender, de cuando alguien llega a la vida perdiendo por uno o dos goles y se va ganándolo, a veces hasta por goleada. Sin embargo, todavía hay por ahí gente que prefiere amarrar el empate. Huye de ellos. No hacen bien ni por asomo. Huye de los que tiran “el camión atrás” como normalmente se estila decir, esos son los chatos de alma y de ilusiones. Esconden su mediocridad disfrazada de estrategia. Huye de ellos, son contagiosos. Pueden acabar convenciéndote. Huye de ellos, se creen sus mentiras pronunciándolas como verdades.

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Faltándole el respeto al principio básico del futbol que es salir a ganar siempre, porque nadie va a un estadio a gritar un cero a cero, ni a la vida a quedarse quieto. Porque debería estar prohibido querer ganar mendigando oportunidades. Dejándoselo al azar.

Jugar a amarrar el empate es lo más engañoso que existe porque es aceptar un marcador mediocre, nunca aceptes. Y es mediocre porque no se tiene que hacer nada y si no haces mucho, con un poco de mala suerte, el partido y la vida se acaban igual, porque los partidos y vidas más tristes son precisamente en las que no pasa nada. Y si a eso venimos es mejor que no hubiéramos llegado.

La próxima vez que alguien te sugiera no arriesgar, que así está bien, que si arriesgas puedes recibir gol en contra, que es mejor amarrar el empate, compadécelo, porque esa persona en realidad no le tiene miedo a perder, le tiene miedo a ganar. Y esos son los más peligrosos. Compadécelo, pero huye de ellos, por tu bien, el del futbol y el de la vida.

Los hacedores de autogoles

Meter la pelota en propia puerta es tal vez de los actos más desafortunados que existen, pero no sólo desafortunados, también más injustos y dolorosos. Los autogoles son una máquina demoledora porque aunque el equipo completo sufra tal desdicha, jamás se compara con el daño interior de quien lo provoca. Están hechos de dolor, de la materia con que se han hecho los cuchillos más afilados. Porque no hay sufrimiento más entero que la decisión que intentas que te salve la vida es la misma que acaba quitándotela.

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Por eso, en la vida rodéate de la gente que ha hecho muchos autogoles, de ellos hay que aprender; porque los goles, con un poco de suerte, los hace cualquiera, pero los autogoles no, esos son de los valientes, son de los grandes, son de los audaces, de los que sin temor se lanzan en el área chica sabiendo el riesgo que corren si no despejan de lleno ese balón. Rodéate de ellos, que son los únicos que te pueden contar cabalmente lo hermoso que es el futbol (y la vida). No les creas a nadie más. Sólo ellos pueden entender el dolor que provoca la buena intención. Sólo ellos sabrán narrarte con un nudo en la garganta lo peligroso de una rápida decisión. Así que búscalos, encuéntralos y apréndeles lo suficiente hasta que te conviertas en uno de ellos, porque sólo los hacedores de autogoles saben portar con orgullo heridas profundas, que con el tiempo adecuado, forman el carácter correcto. Y quien se sigue lanzando en el área sin temor de meterla en propio arco (o a pesar de ello), ha entendido más de la vida y el futbol que todos. Conviértete en uno de ellos. Esa gente, los hacedores de autogoles involuntarios son los que nos enseñan que el campo de juego está hecho para jugársela siempre, porque no hay mayor satisfacción que la de morir con el deber cumplido.

Y a eso venimos, a morir con la suerte echada de por medio, pero con la voluntad intacta.