Amarrar el empate.

Cuando se sale a la cancha tienes asegurado el empate, la mayoría de las veces cuando se viene a la vida también. Sin embargo hay excepciones, y de esas deberíamos de aprender, de cuando alguien llega a la vida perdiendo por uno o dos goles y se va ganándolo, a veces hasta por goleada. Sin embargo, todavía hay por ahí gente que prefiere amarrar el empate. Huye de ellos. No hacen bien ni por asomo. Huye de los que tiran “el camión atrás” como normalmente se estila decir, esos son los chatos de alma y de ilusiones. Esconden su mediocridad disfrazada de estrategia. Huye de ellos, son contagiosos. Pueden acabar convenciéndote. Huye de ellos, se creen sus mentiras pronunciándolas como verdades.

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Faltándole el respeto al principio básico del futbol que es salir a ganar siempre, porque nadie va a un estadio a gritar un cero a cero, ni a la vida a quedarse quieto. Porque debería estar prohibido querer ganar mendigando oportunidades. Dejándoselo al azar.

Jugar a amarrar el empate es lo más engañoso que existe porque es aceptar un marcador mediocre, nunca aceptes. Y es mediocre porque no se tiene que hacer nada y si no haces mucho, con un poco de mala suerte, el partido y la vida se acaban igual, porque los partidos y vidas más tristes son precisamente en las que no pasa nada. Y si a eso venimos es mejor que no hubiéramos llegado.

La próxima vez que alguien te sugiera no arriesgar, que así está bien, que si arriesgas puedes recibir gol en contra, que es mejor amarrar el empate, compadécelo, porque esa persona en realidad no le tiene miedo a perder, le tiene miedo a ganar. Y esos son los más peligrosos. Compadécelo, pero huye de ellos, por tu bien, el del futbol y el de la vida.

Los hacedores de autogoles

Meter la pelota en propia puerta es tal vez de los actos más desafortunados que existen, pero no sólo desafortunados, también más injustos y dolorosos. Los autogoles son una máquina demoledora porque aunque el equipo completo sufra tal desdicha, jamás se compara con el daño interior de quien lo provoca. Están hechos de dolor, de la materia con que se han hecho los cuchillos más afilados. Porque no hay sufrimiento más entero que la decisión que intentas que te salve la vida es la misma que acaba quitándotela.

Iceland v Hungary - EURO 2016 - Group F

Por eso, en la vida rodéate de la gente que ha hecho muchos autogoles, de ellos hay que aprender; porque los goles, con un poco de suerte, los hace cualquiera, pero los autogoles no, esos son de los valientes, son de los grandes, son de los audaces, de los que sin temor se lanzan en el área chica sabiendo el riesgo que corren si no despejan de lleno ese balón. Rodéate de ellos, que son los únicos que te pueden contar cabalmente lo hermoso que es el futbol (y la vida). No les creas a nadie más. Sólo ellos pueden entender el dolor que provoca la buena intención. Sólo ellos sabrán narrarte con un nudo en la garganta lo peligroso de una rápida decisión. Así que búscalos, encuéntralos y apréndeles lo suficiente hasta que te conviertas en uno de ellos, porque sólo los hacedores de autogoles saben portar con orgullo heridas profundas, que con el tiempo adecuado, forman el carácter correcto. Y quien se sigue lanzando en el área sin temor de meterla en propio arco (o a pesar de ello), ha entendido más de la vida y el futbol que todos. Conviértete en uno de ellos. Esa gente, los hacedores de autogoles involuntarios son los que nos enseñan que el campo de juego está hecho para jugársela siempre, porque no hay mayor satisfacción que la de morir con el deber cumplido.

Y a eso venimos, a morir con la suerte echada de por medio, pero con la voluntad intacta.

Cuando la pelota no quiere entrar.

Va haber muchos días en la vida en que vas a levantarte con el pie izquierdo, salvo que seas zurdo de pie aquello no va a ser una bendición. Reza el dicho que en un día como esos es mejor no haberse levantado, porque esos días y noches siempre acaban en tragedia, como aquella del 99 que a Palermo se le negaron tres goles, fallando tres penales. Estadística histórica. Ejemplos sobran para constatar que hay reglas ininteligibles en el universo, caprichosas, con otra lógica, que rebasan cualquier entendimiento; porque cuando una pelota dice no, es no. Y no existe, por mucho que se intente encontrar la física, no existe forma alguna de cambiar esa negación. Hay que saberlo y respetarlo. Sin embargo, nunca sucede que por mucho que lo sepamos, lo respetemos. Al contrario, pareciera que entre más lo sabemos, más incautos nos volvemos. Y ahí vamos por la vida, aferrados. Pateando un destino que ya no nos pertenece, alimentando una boca que ya es de otro, regando un jardín en otoño, estirando el cuello cuan largo es para conectar la pelota y ver cómo se estrella en el travesaño en una parábola indescriptible para el físico más avezado.

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Porque queriendo y no, hay veces en el futbol (y en la vida) que la pelota no va a entrar. Nunca. Por más que le susurres piropos, por más que la sobornes con lindas caricias, por más que le prometas amarla y respetarla por los siglos de los siglos, por más que te inventes una deuda que te debe, por más que le supliques una caridad, por más y más. Escúchalo bien. De todas las verdades que se han inventado en este mundo hay una que es irrefutable: Cuando la pelota dice No, es No. Y después de eso sólo nos quedará el sentimiento más despiadado e impotente para el ser humano, la resignación. Y cuando llegue, aceptarás que hay batallas que está bien perder, porque perdiendo es la única forma en como algunas cosas se ganan, la humildad, la sensatez, la resistencia, la madurez, el amor propio.

La próxima vez que te descubras en uno de esos días, no insistas, cuando la pelota no quiere entrar en el arco, tal vez sea porque ella conoce algo que tú no. Y en una de esas, con un poquito de tiempo y de paciencia descubras que hay goles que no eran para ti. Llegado ese día, (créeme que llega) comprenderás que con la pelota no se pelea, a la pelota sólo hay que quererle, porque por más caprichosa que parezca, siempre, siempre tiene la razón.