El partido se va a acabar.

El futbol son de las cosas que no se deben tomar muy en serio, por ahí escuché una de las más acertadas definiciones que se le puede hacer a este hermoso deporte, la dijo Valdano, el filósofo: “El futbol es lo más importante de lo menos importante”.  Un traje a medida sin duda. Y es que debería estar penado entrar enojado al campo de juego, ya sea como jugador, aficionado, técnico o el poli que se para entre una y otra barra por si algo sale mal. Si entras enojado deberías de entrar con una amarilla por default. Por que al campo de juego se debe ir con alegría, con una felicidad desbordante, que ahí es donde pasa todo, lo bueno y lo malo, lo curioso para los que viven de las estadísticas, lo asombroso para los que no creen en dios y lo temerario para los que no le tienen miedo a la inmortalidad.

No hay alegría más plena que la de un árbitro pitando el inicio del juego, es un gozo indescriptible, lo tienes todo por delante, ¡cómo no estar feliz!. Es lo más parecido a la sensación de saber que estás a punto de hacer el amor y ahí se vale todo, porque aunque no se diga, se sabe.

ITALIA VS ESPANA

Invéntate cualquier jugada, no te guardes nada, que el partido te da de todo, no lo dudes. Ya habrá tiempo de pedir perdón si fallas, recuerda que el corazón es el que manda siempre. Por eso cuando la vida te sorprenda a mitad del partido, cuando finalmente entiendas que ya estás jugando sin pedirlo, no olvides estas sencillas recomendaciones, puede que te hagan falta.

Pase lo que pase, nunca pierdas la sonrisa.

Nunca reclames, la justicia es caprichosa, no pierdas tiempo en tratar de entenderla.

Entra fuerte al balón pero nunca malintencionado.

Cada vez que puedas, intenta una genialidad, siempre habrá alguien en algún rinconcito de alguna grada que lo agradezca.

Juega para adelante siempre, los goles más valiosos son en la portería contraria.

Pide el balón todo el tiempo y pásalo cada vez que puedas, la felicidad también viene de compartir.

Celebra igual un gol que una salvada en contra, ambos lados de la moneda son igual de importantes.

Nunca subestimes al rival, pero sobretodo, nunca te subestimes a ti mismo.

Recuerda que aquí hay rivales no enemigos, a los primeros se les vence a los segundos se les ignora.

Llegado el momento, te darás cuenta que el marcador es lo de menos, porque la alegría de jugar es un acto de amor que se justifica a sí mismo.

No importa cuántas alegrías y tristezas te dé el futbol (o al vida), ten siempre presente por sobre todas las cosas, que ningún partido es para siempre y quien tiene claro eso, ya empezó con gol de vestidor a favor.

El partido, nos guste o no, se va a acabar my friend y como esto no es de gustos, más vale que nos guste.

El final del partido.

Bradley Lowery, un niño de tan sólo seis años de edad, sufría cáncer desde que cumplió 18 meses, hace tan sólo cinco días finalizó el juego, su juego. Juego que ganó por goleada considerando que superó el cáncer en una ocasión y logró darse a conocer al mundo por sus ganas de vivir y ser hincha del equipo inglés Sunderland e idolatrar a su delantero estrella y seleccionado Jermaine Defoe. Cuentan los que saben, que Defoe tomó la mano de Bradley por primera vez en un partido contra el Everton en septiembre del 2016, ya que el niño salió como un abanderado de los futbolistas, ese día marcaría a la postre una amistad entrañable, amistad hecha con el amor que da el futbol, que da la vida. Un amor único.

Defoe no se separó nunca más de Bradley, mantenía contacto constante, lo visitaba en el hospital, en sus terapias, le mandaba mensajes en sus redes sociales, el mismo club recaudó aquella tarde en el partido contra el Everton novecientos mil dólares para mandar al pequeño fan a ser tratado a Estados Unidos, tan inquebrantable era la amistad, que incluso el día de su cumpleaños acudió como invitado sorpresa y llegó a dormir en su misma cama de hospital abrazados. Algunos dicen que Jermaine al haber perdido hace algunos años a su padre víctima también del cáncer, había generado una gran empatía con el pequeño Bradley.

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En marzo pasado Defoe venía de tomar un segundo aire como futbolista a sus 34 años y volvió a ser llamado a la selección para un partido de eliminatorias mundialistas contra Lituania. En el previo del partido, Jermaine apareció de la mano de Bradley, su inseparable amigo, ambos vestidos con la camiseta inglesa. Aquella noche de inspiración y en honor al pequeño, Defoe marcó un gol en la victoria 2-0 contra su rival. Sería de los últimos momentos memorables dentro de la cancha para esa dupla ejemplar.

Y como suele suceder siempre, el partido llegó a su fin el pasado siete de junio. Un partido épico, de esos que no se van a ir de la memoria nunca, de esos en que es inevitable sentir una inmensa nostalgia en los últimos minutos de juego, que duelen al acabarse, que te dejan una gran lección de vida. Porque quien pelea hasta al final cada pelota, merece todo el respeto. Porque quien nunca baja los brazos aún cuando se va perdiendo, se convierte en un guerrero invencible sin importar cuánto quede el partido. Porque el amor a la camiseta se siente dentro de la cancha y se demuestra afuera. Y por caprichoso que parezca, uno tiene que agradecer a la vida encontrarse con historias como la de Bradley y Defoe, que encontrándose, que queriéndose, nos alimentan a todos los que vamos por ahí jugando nuestro propio partido, buscando en nuestros noventa minutos un atisbo de inspiración que nos enseñe el valor de atreverse a vivir mejor sin importar las condiciones en contra, un valor en veda pero no extinto, afortunadamente. Un valor a prueba de todo.

Gracias Bradley, por enseñarnos que la sonrisa nunca se pierde, que se puede ser feliz por jugar, no por ganar. Y que lo importante no es la cantidad de tiempo que tienes la pelota, si no las maravillas que haces con ella cuando la tienes. Eres un crack.

Y gracias Defoe por convertirte en un ídolo sin la pelota y por enseñarnos en estos tiempos en que cuesta mucho querer, que atreverse a querer a un extraño siempre será uno de los actos de valor más grandes que conozca la humanidad, porque pudiendo evitar el dolor que provoca la partida de lo querido, preferiste querer abrazar el calor del amor elegido.

“Su amor es puro, puedo verlos en sus ojos cuando me mira”. Jermaine Defoe.

Q.E.P.D. Bradley Lowery.