El final del partido.

Bradley Lowery, un niño de tan sólo seis años de edad, sufría cáncer desde que cumplió 18 meses, hace tan sólo cinco días finalizó el juego, su juego. Juego que ganó por goleada considerando que superó el cáncer en una ocasión y logró darse a conocer al mundo por sus ganas de vivir y ser hincha del equipo inglés Sunderland e idolatrar a su delantero estrella y seleccionado Jermaine Defoe. Cuentan los que saben, que Defoe tomó la mano de Bradley por primera vez en un partido contra el Everton en septiembre del 2016, ya que el niño salió como un abanderado de los futbolistas, ese día marcaría a la postre una amistad entrañable, amistad hecha con el amor que da el futbol, que da la vida. Un amor único.

Defoe no se separó nunca más de Bradley, mantenía contacto constante, lo visitaba en el hospital, en sus terapias, le mandaba mensajes en sus redes sociales, el mismo club recaudó aquella tarde en el partido contra el Everton novecientos mil dólares para mandar al pequeño fan a ser tratado a Estados Unidos, tan inquebrantable era la amistad, que incluso el día de su cumpleaños acudió como invitado sorpresa y llegó a dormir en su misma cama de hospital abrazados. Algunos dicen que Jermaine al haber perdido hace algunos años a su padre víctima también del cáncer, había generado una gran empatía con el pequeño Bradley.

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En marzo pasado Defoe venía de tomar un segundo aire como futbolista a sus 34 años y volvió a ser llamado a la selección para un partido de eliminatorias mundialistas contra Lituania. En el previo del partido, Jermaine apareció de la mano de Bradley, su inseparable amigo, ambos vestidos con la camiseta inglesa. Aquella noche de inspiración y en honor al pequeño, Defoe marcó un gol en la victoria 2-0 contra su rival. Sería de los últimos momentos memorables dentro de la cancha para esa dupla ejemplar.

Y como suele suceder siempre, el partido llegó a su fin el pasado siete de junio. Un partido épico, de esos que no se van a ir de la memoria nunca, de esos en que es inevitable sentir una inmensa nostalgia en los últimos minutos de juego, que duelen al acabarse, que te dejan una gran lección de vida. Porque quien pelea hasta al final cada pelota, merece todo el respeto. Porque quien nunca baja los brazos aún cuando se va perdiendo, se convierte en un guerrero invencible sin importar cuánto quede el partido. Porque el amor a la camiseta se siente dentro de la cancha y se demuestra afuera. Y por caprichoso que parezca, uno tiene que agradecer a la vida encontrarse con historias como la de Bradley y Defoe, que encontrándose, que queriéndose, nos alimentan a todos los que vamos por ahí jugando nuestro propio partido, buscando en nuestros noventa minutos un atisbo de inspiración que nos enseñe el valor de atreverse a vivir mejor sin importar las condiciones en contra, un valor en veda pero no extinto, afortunadamente. Un valor a prueba de todo.

Gracias Bradley, por enseñarnos que la sonrisa nunca se pierde, que se puede ser feliz por jugar, no por ganar. Y que lo importante no es la cantidad de tiempo que tienes la pelota, si no las maravillas que haces con ella cuando la tienes. Eres un crack.

Y gracias Defoe por convertirte en un ídolo sin la pelota y por enseñarnos en estos tiempos en que cuesta mucho querer, que atreverse a querer a un extraño siempre será uno de los actos de valor más grandes que conozca la humanidad, porque pudiendo evitar el dolor que provoca la partida de lo querido, preferiste querer abrazar el calor del amor elegido.

“Su amor es puro, puedo verlos en sus ojos cuando me mira”. Jermaine Defoe.

Q.E.P.D. Bradley Lowery.

Hacerse expulsar

Doble amarilla es igual a roja. Los tachones por delante con fuerza desmedida es igual a roja. Ser el último hombre y derribar deliberadamente al contrario en posición manifiesta de gol, es igual a roja. Insultar al árbitro es igual a roja. Un codazo en la cara, un escupitajo, mano para evitar que la pelota entre es igual a roja. Una entrada dura malintencionada es igual a roja.

Real Madrid CF v FC Bayern Muenchen - UEFA Champions League Quarter Final: Second Leg

Cristy, la señora que hacía la limpieza salió de su pueblo natal, dejando dos hijos hambrientos sin padre. Los dejó encargados con su madre con la promesa de mandar dinero cada semana con lo que ganaría en la capital, una clara mano dentro del área en jugada manifiesta de gol que costó la roja sin dudarlo. Esa promesa la cumplió al pie de la letra para que sus hijos no extrañaran la comida aunque ella los extrañara a diario.

Roberto nunca disparó el arma, pero ante el ministerio se declaró culpable, era eso o ver a su hijo preso por el simple hecho de disparar en defensa propia en aquel asalto frustrado en el que el delincuente inexperto soltó la pistola en un descuido. En su declaración afirmó: “Yo disparé, lo hice por instinto. Temía por la vida de mi hijo y la mía”. Eso equivalía a ser el último hombre y derribar al contrario sabiendo que dejarlo pasar sería un gol cantado, fue roja directa, Roberto no reclamó y con la cabeza baja sabía que había hecho lo correcto.

Hace un tiempo, Don Armando me contó que él nunca se casó con el amor de su vida porque no podía tener hijos, así que un día le dijo: “Te dejo porque naciste para ser madre…” Esa fue la primer amarilla, la entrada era alevosa y con los tachones por delante. “… esa felicidad te brota por los poros y yo no voy a dártela”. Se había ganado la segunda que se convierte en roja con tan certero codazo en la nariz al contrario.

Hay veces, pocas veces en la vida (y en el futbol) que hacerse expulsar no es una opción, es la única, lo más parecido a un acto heroico, una apuesta a la nada, porque nada te garantiza que valga la pena. Es así, hacerse expulsar intencionalmente es puro instinto de supervivencia. Y no hay prueba de amor más pura que el que mucho ama renuncie a lo amado, porque por difícil que parezca, también renunciando a la felicidad propia se puede hacer feliz a alguien.

Goles que no son goles.

Un túnel al contrario, no vale como gol pero debiera. Un sombrerito hecho a la medida en media cancha, no vale como gol pero debiera. Un taconazo sin mirar, una bicicleta al defensa, un amague con el tobillo, un quiebre de cintura, no valen como gol pero debieran. Ceder el asiento, dar el dinero en la mano, mojarte sin preocupaciones bajo la lluvia, bailar por gusto, una cerveza en viernes, dos en lunes, las carcajadas con los amigos, una llamada inesperada, las tardes de domingo, sacar a pasear al perro, revolver el café, encontrarte cien pesos en una chamarra olvidada, un abrazo, siempre cualquier abrazo, robar un beso, sonreírle a un bebé, ayudar a cruzar a un ciego, no tener que poner la alarma, rasparte las rodillas y ponerte un curita, decir “sí” aunque te mueras de miedo, cantar en el auto y en la ducha, no tirar basura, mirar el mar y unos ojos, llorar cuando haga falta, pedir perdón todas las veces que sea necesario, sacar la pelota de la raya, despejar de chilena en tu propia área, no valen como gol pero debieran.

Ronaldinho

Y aún así, en los estadios, en la vida, la gente clasifica a la gente por el color de piel, por su acento, por el lado del trópico que le tocó nacer, por lo afilado de sus ojos o lo grueso de sus labios, por su preferencia sexual, por su religión o su ateísmo. Qué perdido anda el mundo.

No hay que buscarle más, en la vida sólo existen dos tipos de personas, los que celebran goles porque son los que cuentan y los que cuentan las jugadas que no son goles pero debieran. Los primeros van a salir infelices de un cero a cero, los segundos no hay forma de que se vayan tristes, porque la sequía en la cancha (y en la vida) nunca se mide por falta de agua, si no por falta de sed.

El amor a la camiseta.

Cuando tenía ocho años el destino me enseñó el amor a la camiseta, fue una jugada caprichosa pensándolo bien, se jugaba la final del 90-91 entre las águilas del América y los pumas de la UNAM; mi hermano y yo, decepcionados de no venir de una familia futbolera de abolengo y ansiosos por querer que algo nos apasionara, tomamos partido para que nos gustara el futbol, así nos enfocamos en la final, en nada más, él eligió primero porque era más grande que yo y a los hermanos se les respeta, más aún si están a punto de ser cómplices en la iniciación de la religión más hermosa del mundo. El futbol.

Mi hermano Ray, ignorante como yo hasta entonces, eligió al azar, por un gustito inconsciente del nombre o el color del uniforme, la verdad nunca se lo he preguntado. Eligió a las águilas del América, y yo, bien podía haber elegido el mismo equipo y ser cómplices completos, ver los partidos juntos a partir de ese momento y gritar goles y abrazarnos o llorar las mismas penas, pero no, siempre me ha perseguido una incomprensible simpatía natural hacia el condimento que da apostar, así que elegí irle a los pumas de la UNAM, así, a minutos de que se jugara la final, habíamos definido sin saberlo el amor a la camiseta y a un archirrival para toda la vida, que para colmo, viviría en casa. Dicho sea de paso, ahora agradezco con el alma que esa final del noventa-noventayuno no haya sido entre Tecos y Atlante.

MEX SOC RICARDO FERRETI

El campeonato lo ganó pumas, convirtiéndome en tal vez el fan más espontáneo del mundo, como también el más prontamente recompensado. Ese año, sentí por primera vez lo que es el amor a la camiseta. Esa, ha de ser de las lecciones más grandes en la vida y no me la enseñaron en la escuela y en mi caso, tampoco en la casa.

Desde ese día aprendí varias cosas sin saberlo. Una, que a querer se aprende solo. Dos, que los cómplices en la vida son elementales, casi que obligados, aún cuando ese cómplice por un lapso de tiempo, (noventa minutos por decir algo) te deseen la derrota, al final, te palmeará la espalda y te enseñará a perder y a ganar, siempre en ese orden, siempre. Tres, que la tristeza y la felicidad se expresan de la misma forma. Llorando. Cuatro, que el amor duele. Y  cinco, a hacerle caso a Bukowski años más tarde cuando lo descubrí: “Find what you love and let it kill you”.

Fallar el penal

Cualquier falta dentro del área se castiga con penalty. Un tiro ventajoso que se cobra a once pasos desde donde un guardameta espera a ser acribillado. Lo más parecido a un pabellón de fusilamiento, de ahí el nombre: Pena máxima. El momento decisivo entre matar o morir, pero hay un momentito previo del que nadie habla y que lo define todo; no, no, no, no. No hablo de definir el marcador; qué importa si esa pena máxima bien ejecutada significa un empate o el gol del triunfo. Hablo de ese momentito que define al futbolista. El momento de tener los huevos bien puestos, tomarse las pelotas Y LA PELOTA y decir, “voy yo”, porque no hay acto más valiente ni más entera responsabilidad que decir: “voy yo”. Ahí es donde se define todo: Tu familia, un negocio propio, el amor de tu vida, la hipoteca de la casa, tu carrera, un hijo, la felicidad de tu familia, tu felicidad, la vida. Todo.

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Decir “voy yo” es tomar la pelota, llevarla hasta el manchón, sudar, acomodarla sobre el césped mientras eliges de qué lado le vas a pegar, latir a mil por hora, susurrarle un piropo, convencerla de ser tu cómplice, apretar la quijada, separarte de ella dos, tres, cuatro, cinco pasos (cuestión de estilos), aspirar hondo, encarrerarte, decidir hacia qué lado patearás y esperar el desenlace. El balón está en el aire. Todo está hecho. Matar o morir. La pena máxima.

Porque quien nunca ha dicho “voy yo”, nunca ha sentido la punzada en la panza que provoca el hundimiento en el pecho que conecta al corazón que bombea sangre a las glándulas lacrimales que estallan en los globos oculares que regulan la impotencia en los puños cerrados que te hace sentir un fracasado después de haber fallado el penal, pero tampoco, nunca en su putavida experimentará cómo se siente la ansiedad en los puños cerrados que llega hasta los globos oculares que activan las glándulas lacrimales que inyecta la sangre que va directo al corazón para ensanchar el pecho y provocar esa complaciente punzada en la panza al sentirte dichoso por ver la pelota regodearse en el fondo de la red. Y ahí se define todo.

Porque todo pasa adentro, piénsalo bien, todo pasa adentro. La diferencia de fallar o meter un penal en la vida es sencilla, si fallas, tu cuerpo intentará despojarse de la impotencia para no volver a experimentarla. Se llama aprendizaje. Si lo metes, algo dentro de ti nace. Se llama felicidad.

Que no se te olvide que ambas caras de la moneda, llegado el momento, sirven igual para pagar el peaje. Y por honor a la ley de las probabilidades, quien dice “voy yo” tiene más posibilidades de ganarle a la vida. Incluso, antes de haber pateado.

Hacer tiempo.

Minuto 90, el árbitro está a punto de decir cuántos minutos de compensación va a dar, el partido languidece, dicen que el tiempo es relativo. Es verdad, un minuto no siempre dura sesenta segundos. Durante el tiempo que queda, decidirás qué hacer con el balón. Yo le llamo, el tiempo de tomar decisiones.

cropped_4813913 2Llega una edad en la vida en la que te das cuenta que las cosas cambiaron: tu rutina, tus expectativas, tu sueldo, tu metabolismo, tus prioridades. Sin saber cómo, aparece una fuerza invisible que te empuja a lo que tal vez, a la mayoría, le cuesta más trabajo que es tomar decisiones: ¿casarte?, ¿tener un hijo?, ¿cambiar de profesión?, ¿de trabajo?, ¿de pareja?, ¿de sexo?. Lo que sea. Eso, que a cada quien le reverbera por lo bajito del tímpano.

Y lo hablo con Migue, nos debatimos en esa pregunta que proyecta al futuro en un banal pero devastador, “¿y?, ¿qué sigue?”. Nos miramos y nos reímos, y le damos otro sorbo al whisky, y lo tomamos con filosofía diciendo que el tiempo se acaba, que ya no podemos hacer más tiempo, estamos sobre la hora, ya gastamos todos los recursos. Ya caminamos lento por la pelota cada vez que había un saque de banda, ya nos tiramos al suelo y fingimos una lesión aún cuando la patada pasó a diez centímetros del tobillo, ya nos expulsaron a tres hombres y nos amonestaron al portero al tercer amague para despejar de meta, ya no nos quedan cambios y estamos en el “corner” de la portería contraria aguantando los embates de un defensa o de la vida, que es lo mismo. Cansados, con el riesgo de que lleguen dos o tres más y nos quiten la bola. Ya no se puede hacer tiempo. Es la hora de decidir qué viene. Le damos un sorbo más al whisky para tomar valor, reímos nuevamente y acordamos que es hora de ir por el gol del triunfo, porque siempre pierde el que juega a empatar, así que aceptamos con la frente en alto y la resignación por lo bajo, que es mejor dejar de hacer tiempo, porque la segunda amarilla es roja y viéndolo así, puede ser que de tanto hacer tiempo sea el tiempo el que nos deshaga.

En la vida elige ser el diez.

En el futbol, la posición más codiciada es la de hacer goles, los más tiesos con los pies, por ahí piden ser porteros y uno que otro tronco, defensa. Pero en la vida, hay que pedir siempre ser el diez. Sí, el diez. El diez pasa la pelota siempre, reparte juego, es un orquestador; su felicidad viene de repartir felicidad, de dar, siempre dar. No le importa hacer los goles, si en una de esas, por azares del destino la mete al arco son un poquito más felices, pero no es el fin. Que quede claro, recalcado y todo. No es el fin.

FUSSBALL: WM FRANCE 98, FINALE Paris, 12.07.98El diez vive de la alegría de servir, por eso en la vida hay que ser el diez siempre, jugar por el placer de jugar, no de ganar. Porque aquí se viene a divertir, a pedir el balón, recibir, levantar la cara y proveer de oportunidades al más necesitado. Porque el diez sabe que más vale una sonrisa de agradecimiento que buscar salir en hombros. Al diez nunca lo vas a ver malintencionado entrando con los tachones por delante, a lo más, jala la camiseta para hacerse del balón y entra duro para recuperar la bola e inventarse una jugada tan linda, pero tan linda, que hasta el contrario la agradezca por amor al futbol o a la vida. El diez juega para delante siempre, con una sonrisa en la cara, con un montón de posibilidades aritméticas en la cabeza que traza mientras decide en una fracción de segundo qué hacer con lo que le llega. El diez alimenta esperanzas; (¡qué bonito es ser un alimentador de esperanzas!) confían en él, creen en él, porque sabe que aunque falle un pase atrevido, la próxima vez que le llegue lo va a seguir intentando. No para él, para el de adelante.

En la vida elige ser el diez. Porque el diez, que juega por el placer de jugar, sabe que incluso aunque se pierda, se gana.