Patada al tobillo

El principio básico del futbol consiste en conducir la pelota hasta el marco rival y hacerla pasar por debajo de los tres palos, eso es todo. Pero ese principio básico implica tomar la pelota y atreverse a driblar. De eso va el futbol (y la vida), driblar. Que no es otra cosa que eludir cada obstáculo de la mejor forma posible para que lleguen los dos juntos, porque de nada sirve que solo pase uno. Las pelotas huérfanas de dueño no tienen vida y los jugadores huérfanos de pelota tampoco. Así que a sabiendas que ambos se necesitan, se empiezan a querer y a entenderse, pero toda querencia implica un riesgo, el riesgo de que algún ufano rival barra directo al tobillo y nos deje sin pelota, o peor aún, se haga de ella.

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Cuando esto suceda (que seguro sucede porque el futbol está lleno de probabilidades, imposible escapar de ellas), vas a llevarte las manos al tobillo golpeado e inevitablemente caerás. El dolor (pasajero siempre) te impedirá seguir con la pelota, algunas veces será tan fuerte, que no vas a poder levantarte de inmediato, incluso tendrás que salir del campo de juego, otras más, las consecuencias serán tan graves que te ocasionarán una lesión que te lleve días, semanas o hasta meses.

Pasado ese dolor, regresarás al campo de juego con más hambre de gol y te volverás más cauteloso, pero también más atrevido; porque sólo puede llamársele valiente a quien conoce el dolor y aún así tiene el valor de desafiarlo.

Y es así como cada patada en el tobillo provoca una caída y caerse es la forma más sabia y dolorosa que tiene el futbol (y la vida) para enseñarnos que aún estando en el suelo se debe voltear hacia arriba. Y desde ahí recordar que todo lo que se enseña con dolor no se olvida.

El partido se va a acabar.

El futbol son de las cosas que no se deben tomar muy en serio, por ahí escuché una de las más acertadas definiciones que se le puede hacer a este hermoso deporte, la dijo Valdano, el filósofo: “El futbol es lo más importante de lo menos importante”.  Un traje a medida sin duda. Y es que debería estar penado entrar enojado al campo de juego, ya sea como jugador, aficionado, técnico o el poli que se para entre una y otra barra por si algo sale mal. Si entras enojado deberías de entrar con una amarilla por default. Por que al campo de juego se debe ir con alegría, con una felicidad desbordante, que ahí es donde pasa todo, lo bueno y lo malo, lo curioso para los que viven de las estadísticas, lo asombroso para los que no creen en dios y lo temerario para los que no le tienen miedo a la inmortalidad.

No hay alegría más plena que la de un árbitro pitando el inicio del juego, es un gozo indescriptible, lo tienes todo por delante, ¡cómo no estar feliz!. Es lo más parecido a la sensación de saber que estás a punto de hacer el amor y ahí se vale todo, porque aunque no se diga, se sabe.

ITALIA VS ESPANA

Invéntate cualquier jugada, no te guardes nada, que el partido te da de todo, no lo dudes. Ya habrá tiempo de pedir perdón si fallas, recuerda que el corazón es el que manda siempre. Por eso cuando la vida te sorprenda a mitad del partido, cuando finalmente entiendas que ya estás jugando sin pedirlo, no olvides estas sencillas recomendaciones, puede que te hagan falta.

Pase lo que pase, nunca pierdas la sonrisa.

Nunca reclames, la justicia es caprichosa, no pierdas tiempo en tratar de entenderla.

Entra fuerte al balón pero nunca malintencionado.

Cada vez que puedas, intenta una genialidad, siempre habrá alguien en algún rinconcito de alguna grada que lo agradezca.

Juega para adelante siempre, los goles más valiosos son en la portería contraria.

Pide el balón todo el tiempo y pásalo cada vez que puedas, la felicidad también viene de compartir.

Celebra igual un gol que una salvada en contra, ambos lados de la moneda son igual de importantes.

Nunca subestimes al rival, pero sobretodo, nunca te subestimes a ti mismo.

Recuerda que aquí hay rivales no enemigos, a los primeros se les vence a los segundos se les ignora.

Llegado el momento, te darás cuenta que el marcador es lo de menos, porque la alegría de jugar es un acto de amor que se justifica a sí mismo.

No importa cuántas alegrías y tristezas te dé el futbol (o al vida), ten siempre presente por sobre todas las cosas, que ningún partido es para siempre y quien tiene claro eso, ya empezó con gol de vestidor a favor.

El partido, nos guste o no, se va a acabar my friend y como esto no es de gustos, más vale que nos guste.

Cuando la pelota no quiere entrar.

Va haber muchos días en la vida en que vas a levantarte con el pie izquierdo, salvo que seas zurdo de pie aquello no va a ser una bendición. Reza el dicho que en un día como esos es mejor no haberse levantado, porque esos días y noches siempre acaban en tragedia, como aquella del 99 que a Palermo se le negaron tres goles, fallando tres penales. Estadística histórica. Ejemplos sobran para constatar que hay reglas ininteligibles en el universo, caprichosas, con otra lógica, que rebasan cualquier entendimiento; porque cuando una pelota dice no, es no. Y no existe, por mucho que se intente encontrar la física, no existe forma alguna de cambiar esa negación. Hay que saberlo y respetarlo. Sin embargo, nunca sucede que por mucho que lo sepamos, lo respetemos. Al contrario, pareciera que entre más lo sabemos, más incautos nos volvemos. Y ahí vamos por la vida, aferrados. Pateando un destino que ya no nos pertenece, alimentando una boca que ya es de otro, regando un jardín en otoño, estirando el cuello cuan largo es para conectar la pelota y ver cómo se estrella en el travesaño en una parábola indescriptible para el físico más avezado.

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Porque queriendo y no, hay veces en el futbol (y en la vida) que la pelota no va a entrar. Nunca. Por más que le susurres piropos, por más que la sobornes con lindas caricias, por más que le prometas amarla y respetarla por los siglos de los siglos, por más que te inventes una deuda que te debe, por más que le supliques una caridad, por más y más. Escúchalo bien. De todas las verdades que se han inventado en este mundo hay una que es irrefutable: Cuando la pelota dice No, es No. Y después de eso sólo nos quedará el sentimiento más despiadado e impotente para el ser humano, la resignación. Y cuando llegue, aceptarás que hay batallas que está bien perder, porque perdiendo es la única forma en como algunas cosas se ganan, la humildad, la sensatez, la resistencia, la madurez, el amor propio.

La próxima vez que te descubras en uno de esos días, no insistas, cuando la pelota no quiere entrar en el arco, tal vez sea porque ella conoce algo que tú no. Y en una de esas, con un poquito de tiempo y de paciencia descubras que hay goles que no eran para ti. Llegado ese día, (créeme que llega) comprenderás que con la pelota no se pelea, a la pelota sólo hay que quererle, porque por más caprichosa que parezca, siempre, siempre tiene la razón.

Mandar al portero a rematar.

¡En qué situación tiene que ponerte la vida para mandar al portero a rematar!

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En definitiva, tienes que estar con un marcador adverso, tiene que ser el último minuto y tienes que sacar el resultado como sea. Imagínate los factores que se tienen que cruzar para estar en tales condiciones, pero por muy contradictorio que parezca, cuando te suceda esto, agradece. Porque no hay acto de fe más suicida ni más desesperado que mandar al guardameta a que haga un milagro. Y los milagros suceden, no siempre, pero suceden y suceden porque se provocan, porque te provocan y ahí el sabor de la gloria se vuelve épico, histórico. Hay batallas que no ganan una guerra pero su sabor de victoria es para siempre. Como cuando Moisés Muñoz hizo aquel gol del empate frente al Cruz Azul en la última jugada para darle en penales el campeonato al América y pasó de la tristeza a la alegría en un santiamén, porque en el futbol (y en la vida) da lo mismo perder por dos que por tres. Cuando te digan que eres un soñador, manda al portero a rematar, cuando te nieguen el sí por segunda, tercera, quinta vez, manda al portero a rematar, cuando te digan que no naciste para esa profesión, manda al portero a rematar, cuando estés a punto de separarte, manda al portero a rematar, cuando te diagnostiquen enfermo, cuando digan que te quedan pocos días de vida, manda al portero a rematar. Porque lo bueno de perderlo todo es que también se pierde el miedo y a veces quien ya no tiene nada que perder está más cerca de ganarlo todo.

Y como dicen por ahí, el último minuto de juego también tiene sesenta segundos, así que la próxima vez que tengas el marcador en contra, la pelota a favor y sientas que se te acaba el tiempo. Nunca dudes. No lo pienses. Manda al portero a rematar. Siempre.

El final del partido.

Bradley Lowery, un niño de tan sólo seis años de edad, sufría cáncer desde que cumplió 18 meses, hace tan sólo cinco días finalizó el juego, su juego. Juego que ganó por goleada considerando que superó el cáncer en una ocasión y logró darse a conocer al mundo por sus ganas de vivir y ser hincha del equipo inglés Sunderland e idolatrar a su delantero estrella y seleccionado Jermaine Defoe. Cuentan los que saben, que Defoe tomó la mano de Bradley por primera vez en un partido contra el Everton en septiembre del 2016, ya que el niño salió como un abanderado de los futbolistas, ese día marcaría a la postre una amistad entrañable, amistad hecha con el amor que da el futbol, que da la vida. Un amor único.

Defoe no se separó nunca más de Bradley, mantenía contacto constante, lo visitaba en el hospital, en sus terapias, le mandaba mensajes en sus redes sociales, el mismo club recaudó aquella tarde en el partido contra el Everton novecientos mil dólares para mandar al pequeño fan a ser tratado a Estados Unidos, tan inquebrantable era la amistad, que incluso el día de su cumpleaños acudió como invitado sorpresa y llegó a dormir en su misma cama de hospital abrazados. Algunos dicen que Jermaine al haber perdido hace algunos años a su padre víctima también del cáncer, había generado una gran empatía con el pequeño Bradley.

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En marzo pasado Defoe venía de tomar un segundo aire como futbolista a sus 34 años y volvió a ser llamado a la selección para un partido de eliminatorias mundialistas contra Lituania. En el previo del partido, Jermaine apareció de la mano de Bradley, su inseparable amigo, ambos vestidos con la camiseta inglesa. Aquella noche de inspiración y en honor al pequeño, Defoe marcó un gol en la victoria 2-0 contra su rival. Sería de los últimos momentos memorables dentro de la cancha para esa dupla ejemplar.

Y como suele suceder siempre, el partido llegó a su fin el pasado siete de junio. Un partido épico, de esos que no se van a ir de la memoria nunca, de esos en que es inevitable sentir una inmensa nostalgia en los últimos minutos de juego, que duelen al acabarse, que te dejan una gran lección de vida. Porque quien pelea hasta al final cada pelota, merece todo el respeto. Porque quien nunca baja los brazos aún cuando se va perdiendo, se convierte en un guerrero invencible sin importar cuánto quede el partido. Porque el amor a la camiseta se siente dentro de la cancha y se demuestra afuera. Y por caprichoso que parezca, uno tiene que agradecer a la vida encontrarse con historias como la de Bradley y Defoe, que encontrándose, que queriéndose, nos alimentan a todos los que vamos por ahí jugando nuestro propio partido, buscando en nuestros noventa minutos un atisbo de inspiración que nos enseñe el valor de atreverse a vivir mejor sin importar las condiciones en contra, un valor en veda pero no extinto, afortunadamente. Un valor a prueba de todo.

Gracias Bradley, por enseñarnos que la sonrisa nunca se pierde, que se puede ser feliz por jugar, no por ganar. Y que lo importante no es la cantidad de tiempo que tienes la pelota, si no las maravillas que haces con ella cuando la tienes. Eres un crack.

Y gracias Defoe por convertirte en un ídolo sin la pelota y por enseñarnos en estos tiempos en que cuesta mucho querer, que atreverse a querer a un extraño siempre será uno de los actos de valor más grandes que conozca la humanidad, porque pudiendo evitar el dolor que provoca la partida de lo querido, preferiste querer abrazar el calor del amor elegido.

“Su amor es puro, puedo verlos en sus ojos cuando me mira”. Jermaine Defoe.

Q.E.P.D. Bradley Lowery.

Hacerse expulsar

Doble amarilla es igual a roja. Los tachones por delante con fuerza desmedida es igual a roja. Ser el último hombre y derribar deliberadamente al contrario en posición manifiesta de gol, es igual a roja. Insultar al árbitro es igual a roja. Un codazo en la cara, un escupitajo, mano para evitar que la pelota entre es igual a roja. Una entrada dura malintencionada es igual a roja.

Real Madrid CF v FC Bayern Muenchen - UEFA Champions League Quarter Final: Second Leg

Cristy, la señora que hacía la limpieza salió de su pueblo natal, dejando dos hijos hambrientos sin padre. Los dejó encargados con su madre con la promesa de mandar dinero cada semana con lo que ganaría en la capital, una clara mano dentro del área en jugada manifiesta de gol que costó la roja sin dudarlo. Esa promesa la cumplió al pie de la letra para que sus hijos no extrañaran la comida aunque ella los extrañara a diario.

Roberto nunca disparó el arma, pero ante el ministerio se declaró culpable, era eso o ver a su hijo preso por el simple hecho de disparar en defensa propia en aquel asalto frustrado en el que el delincuente inexperto soltó la pistola en un descuido. En su declaración afirmó: “Yo disparé, lo hice por instinto. Temía por la vida de mi hijo y la mía”. Eso equivalía a ser el último hombre y derribar al contrario sabiendo que dejarlo pasar sería un gol cantado, fue roja directa, Roberto no reclamó y con la cabeza baja sabía que había hecho lo correcto.

Hace un tiempo, Don Armando me contó que él nunca se casó con el amor de su vida porque no podía tener hijos, así que un día le dijo: “Te dejo porque naciste para ser madre…” Esa fue la primer amarilla, la entrada era alevosa y con los tachones por delante. “… esa felicidad te brota por los poros y yo no voy a dártela”. Se había ganado la segunda que se convierte en roja con tan certero codazo en la nariz al contrario.

Hay veces, pocas veces en la vida (y en el futbol) que hacerse expulsar no es una opción, es la única, lo más parecido a un acto heroico, una apuesta a la nada, porque nada te garantiza que valga la pena. Es así, hacerse expulsar intencionalmente es puro instinto de supervivencia. Y no hay prueba de amor más pura que el que mucho ama renuncie a lo amado, porque por difícil que parezca, también renunciando a la felicidad propia se puede hacer feliz a alguien.

Goles que no son goles.

Un túnel al contrario, no vale como gol pero debiera. Un sombrerito hecho a la medida en media cancha, no vale como gol pero debiera. Un taconazo sin mirar, una bicicleta al defensa, un amague con el tobillo, un quiebre de cintura, no valen como gol pero debieran. Ceder el asiento, dar el dinero en la mano, mojarte sin preocupaciones bajo la lluvia, bailar por gusto, una cerveza en viernes, dos en lunes, las carcajadas con los amigos, una llamada inesperada, las tardes de domingo, sacar a pasear al perro, revolver el café, encontrarte cien pesos en una chamarra olvidada, un abrazo, siempre cualquier abrazo, robar un beso, sonreírle a un bebé, ayudar a cruzar a un ciego, no tener que poner la alarma, rasparte las rodillas y ponerte un curita, decir “sí” aunque te mueras de miedo, cantar en el auto y en la ducha, no tirar basura, mirar el mar y unos ojos, llorar cuando haga falta, pedir perdón todas las veces que sea necesario, sacar la pelota de la raya, despejar de chilena en tu propia área, no valen como gol pero debieran.

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Y aún así, en los estadios, en la vida, la gente clasifica a la gente por el color de piel, por su acento, por el lado del trópico que le tocó nacer, por lo afilado de sus ojos o lo grueso de sus labios, por su preferencia sexual, por su religión o su ateísmo. Qué perdido anda el mundo.

No hay que buscarle más, en la vida sólo existen dos tipos de personas, los que celebran goles porque son los que cuentan y los que cuentan las jugadas que no son goles pero debieran. Los primeros van a salir infelices de un cero a cero, los segundos no hay forma de que se vayan tristes, porque la sequía en la cancha (y en la vida) nunca se mide por falta de agua, si no por falta de sed.

El amor a la camiseta.

Cuando tenía ocho años el destino me enseñó el amor a la camiseta, fue una jugada caprichosa pensándolo bien, se jugaba la final del 90-91 entre las águilas del América y los pumas de la UNAM; mi hermano y yo, decepcionados de no venir de una familia futbolera de abolengo y ansiosos por querer que algo nos apasionara, tomamos partido para que nos gustara el futbol, así nos enfocamos en la final, en nada más, él eligió primero porque era más grande que yo y a los hermanos se les respeta, más aún si están a punto de ser cómplices en la iniciación de la religión más hermosa del mundo. El futbol.

Mi hermano Ray, ignorante como yo hasta entonces, eligió al azar, por un gustito inconsciente del nombre o el color del uniforme, la verdad nunca se lo he preguntado. Eligió a las águilas del América, y yo, bien podía haber elegido el mismo equipo y ser cómplices completos, ver los partidos juntos a partir de ese momento y gritar goles y abrazarnos o llorar las mismas penas, pero no, siempre me ha perseguido una incomprensible simpatía natural hacia el condimento que da apostar, así que elegí irle a los pumas de la UNAM, así, a minutos de que se jugara la final, habíamos definido sin saberlo el amor a la camiseta y a un archirrival para toda la vida, que para colmo, viviría en casa. Dicho sea de paso, ahora agradezco con el alma que esa final del noventa-noventayuno no haya sido entre Tecos y Atlante.

MEX SOC RICARDO FERRETI

El campeonato lo ganó pumas, convirtiéndome en tal vez el fan más espontáneo del mundo, como también el más prontamente recompensado. Ese año, sentí por primera vez lo que es el amor a la camiseta. Esa, ha de ser de las lecciones más grandes en la vida y no me la enseñaron en la escuela y en mi caso, tampoco en la casa.

Desde ese día aprendí varias cosas sin saberlo. Una, que a querer se aprende solo. Dos, que los cómplices en la vida son elementales, casi que obligados, aún cuando ese cómplice por un lapso de tiempo, (noventa minutos por decir algo) te deseen la derrota, al final, te palmeará la espalda y te enseñará a perder y a ganar, siempre en ese orden, siempre. Tres, que la tristeza y la felicidad se expresan de la misma forma. Llorando. Cuatro, que el amor duele. Y  cinco, a hacerle caso a Bukowski años más tarde cuando lo descubrí: “Find what you love and let it kill you”.

Fallar el penal

Cualquier falta dentro del área se castiga con penalty. Un tiro ventajoso que se cobra a once pasos desde donde un guardameta espera a ser acribillado. Lo más parecido a un pabellón de fusilamiento, de ahí el nombre: Pena máxima. El momento decisivo entre matar o morir, pero hay un momentito previo del que nadie habla y que lo define todo; no, no, no, no. No hablo de definir el marcador; qué importa si esa pena máxima bien ejecutada significa un empate o el gol del triunfo. Hablo de ese momentito que define al futbolista. El momento de tener los huevos bien puestos, tomarse las pelotas Y LA PELOTA y decir, “voy yo”, porque no hay acto más valiente ni más entera responsabilidad que decir: “voy yo”. Ahí es donde se define todo: Tu familia, un negocio propio, el amor de tu vida, la hipoteca de la casa, tu carrera, un hijo, la felicidad de tu familia, tu felicidad, la vida. Todo.

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Decir “voy yo” es tomar la pelota, llevarla hasta el manchón, sudar, acomodarla sobre el césped mientras eliges de qué lado le vas a pegar, latir a mil por hora, susurrarle un piropo, convencerla de ser tu cómplice, apretar la quijada, separarte de ella dos, tres, cuatro, cinco pasos (cuestión de estilos), aspirar hondo, encarrerarte, decidir hacia qué lado patearás y esperar el desenlace. El balón está en el aire. Todo está hecho. Matar o morir. La pena máxima.

Porque quien nunca ha dicho “voy yo”, nunca ha sentido la punzada en la panza que provoca el hundimiento en el pecho que conecta al corazón que bombea sangre a las glándulas lacrimales que estallan en los globos oculares que regulan la impotencia en los puños cerrados que te hace sentir un fracasado después de haber fallado el penal, pero tampoco, nunca en su putavida experimentará cómo se siente la ansiedad en los puños cerrados que llega hasta los globos oculares que activan las glándulas lacrimales que inyecta la sangre que va directo al corazón para ensanchar el pecho y provocar esa complaciente punzada en la panza al sentirte dichoso por ver la pelota regodearse en el fondo de la red. Y ahí se define todo.

Porque todo pasa adentro, piénsalo bien, todo pasa adentro. La diferencia de fallar o meter un penal en la vida es sencilla, si fallas, tu cuerpo intentará despojarse de la impotencia para no volver a experimentarla. Se llama aprendizaje. Si lo metes, algo dentro de ti nace. Se llama felicidad.

Que no se te olvide que ambas caras de la moneda, llegado el momento, sirven igual para pagar el peaje. Y por honor a la ley de las probabilidades, quien dice “voy yo” tiene más posibilidades de ganarle a la vida. Incluso, antes de haber pateado.

Hacer tiempo.

Minuto 90, el árbitro está a punto de decir cuántos minutos de compensación va a dar, el partido languidece, dicen que el tiempo es relativo. Es verdad, un minuto no siempre dura sesenta segundos. Durante el tiempo que queda, decidirás qué hacer con el balón. Yo le llamo, el tiempo de tomar decisiones.

cropped_4813913 2Llega una edad en la vida en la que te das cuenta que las cosas cambiaron: tu rutina, tus expectativas, tu sueldo, tu metabolismo, tus prioridades. Sin saber cómo, aparece una fuerza invisible que te empuja a lo que tal vez, a la mayoría, le cuesta más trabajo que es tomar decisiones: ¿casarte?, ¿tener un hijo?, ¿cambiar de profesión?, ¿de trabajo?, ¿de pareja?, ¿de sexo?. Lo que sea. Eso, que a cada quien le reverbera por lo bajito del tímpano.

Y lo hablo con Migue, nos debatimos en esa pregunta que proyecta al futuro en un banal pero devastador, “¿y?, ¿qué sigue?”. Nos miramos y nos reímos, y le damos otro sorbo al whisky, y lo tomamos con filosofía diciendo que el tiempo se acaba, que ya no podemos hacer más tiempo, estamos sobre la hora, ya gastamos todos los recursos. Ya caminamos lento por la pelota cada vez que había un saque de banda, ya nos tiramos al suelo y fingimos una lesión aún cuando la patada pasó a diez centímetros del tobillo, ya nos expulsaron a tres hombres y nos amonestaron al portero al tercer amague para despejar de meta, ya no nos quedan cambios y estamos en el “corner” de la portería contraria aguantando los embates de un defensa o de la vida, que es lo mismo. Cansados, con el riesgo de que lleguen dos o tres más y nos quiten la bola. Ya no se puede hacer tiempo. Es la hora de decidir qué viene. Le damos un sorbo más al whisky para tomar valor, reímos nuevamente y acordamos que es hora de ir por el gol del triunfo, porque siempre pierde el que juega a empatar, así que aceptamos con la frente en alto y la resignación por lo bajo, que es mejor dejar de hacer tiempo, porque la segunda amarilla es roja y viéndolo así, puede ser que de tanto hacer tiempo sea el tiempo el que nos deshaga.