Cuando la pelota no quiere entrar.

Va haber muchos días en la vida en que vas a levantarte con el pie izquierdo, salvo que seas zurdo de pie aquello no va a ser una bendición. Reza el dicho que en un día como esos es mejor no haberse levantado, porque esos días y noches siempre acaban en tragedia, como aquella del 99 que a Palermo se le negaron tres goles, fallando tres penales. Estadística histórica. Ejemplos sobran para constatar que hay reglas ininteligibles en el universo, caprichosas, con otra lógica, que rebasan cualquier entendimiento; porque cuando una pelota dice no, es no. Y no existe, por mucho que se intente encontrar la física, no existe forma alguna de cambiar esa negación. Hay que saberlo y respetarlo. Sin embargo, nunca sucede que por mucho que lo sepamos, lo respetemos. Al contrario, pareciera que entre más lo sabemos, más incautos nos volvemos. Y ahí vamos por la vida, aferrados. Pateando un destino que ya no nos pertenece, alimentando una boca que ya es de otro, regando un jardín en otoño, estirando el cuello cuan largo es para conectar la pelota y ver cómo se estrella en el travesaño en una parábola indescriptible para el físico más avezado.

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Porque queriendo y no, hay veces en el futbol (y en la vida) que la pelota no va a entrar. Nunca. Por más que le susurres piropos, por más que la sobornes con lindas caricias, por más que le prometas amarla y respetarla por los siglos de los siglos, por más que te inventes una deuda que te debe, por más que le supliques una caridad, por más y más. Escúchalo bien. De todas las verdades que se han inventado en este mundo hay una que es irrefutable: Cuando la pelota dice No, es No. Y después de eso sólo nos quedará el sentimiento más despiadado e impotente para el ser humano, la resignación. Y cuando llegue, aceptarás que hay batallas que está bien perder, porque perdiendo es la única forma en como algunas cosas se ganan, la humildad, la sensatez, la resistencia, la madurez, el amor propio.

La próxima vez que te descubras en uno de esos días, no insistas, cuando la pelota no quiere entrar en el arco, tal vez sea porque ella conoce algo que tú no. Y en una de esas, con un poquito de tiempo y de paciencia descubras que hay goles que no eran para ti. Llegado ese día, (créeme que llega) comprenderás que con la pelota no se pelea, a la pelota sólo hay que quererle, porque por más caprichosa que parezca, siempre, siempre tiene la razón.

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