Hacerse expulsar

Doble amarilla es igual a roja. Los tachones por delante con fuerza desmedida es igual a roja. Ser el último hombre y derribar deliberadamente al contrario en posición manifiesta de gol, es igual a roja. Insultar al árbitro es igual a roja. Un codazo en la cara, un escupitajo, mano para evitar que la pelota entre es igual a roja. Una entrada dura malintencionada es igual a roja.

Real Madrid CF v FC Bayern Muenchen - UEFA Champions League Quarter Final: Second Leg

Cristy, la señora que hacía la limpieza salió de su pueblo natal, dejando dos hijos hambrientos sin padre. Los dejó encargados con su madre con la promesa de mandar dinero cada semana con lo que ganaría en la capital, una clara mano dentro del área en jugada manifiesta de gol que costó la roja sin dudarlo. Esa promesa la cumplió al pie de la letra para que sus hijos no extrañaran la comida aunque ella los extrañara a diario.

Roberto nunca disparó el arma, pero ante el ministerio se declaró culpable, era eso o ver a su hijo preso por el simple hecho de disparar en defensa propia en aquel asalto frustrado en el que el delincuente inexperto soltó la pistola en un descuido. En su declaración afirmó: “Yo disparé, lo hice por instinto. Temía por la vida de mi hijo y la mía”. Eso equivalía a ser el último hombre y derribar al contrario sabiendo que dejarlo pasar sería un gol cantado, fue roja directa, Roberto no reclamó y con la cabeza baja sabía que había hecho lo correcto.

Hace un tiempo, Don Armando me contó que él nunca se casó con el amor de su vida porque no podía tener hijos, así que un día le dijo: “Te dejo porque naciste para ser madre…” Esa fue la primer amarilla, la entrada era alevosa y con los tachones por delante. “… esa felicidad te brota por los poros y yo no voy a dártela”. Se había ganado la segunda que se convierte en roja con tan certero codazo en la nariz al contrario.

Hay veces, pocas veces en la vida (y en el futbol) que hacerse expulsar no es una opción, es la única, lo más parecido a un acto heroico, una apuesta a la nada, porque nada te garantiza que valga la pena. Es así, hacerse expulsar intencionalmente es puro instinto de supervivencia. Y no hay prueba de amor más pura que el que mucho ama renuncie a lo amado, porque por difícil que parezca, también renunciando a la felicidad propia se puede hacer feliz a alguien.

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