El amor a la camiseta.

Cuando tenía ocho años el destino me enseñó el amor a la camiseta, fue una jugada caprichosa pensándolo bien, se jugaba la final del 90-91 entre las águilas del América y los pumas de la UNAM; mi hermano y yo, decepcionados de no venir de una familia futbolera de abolengo y ansiosos por querer que algo nos apasionara, tomamos partido para que nos gustara el futbol, así nos enfocamos en la final, en nada más, él eligió primero porque era más grande que yo y a los hermanos se les respeta, más aún si están a punto de ser cómplices en la iniciación de la religión más hermosa del mundo. El futbol.

Mi hermano Ray, ignorante como yo hasta entonces, eligió al azar, por un gustito inconsciente del nombre o el color del uniforme, la verdad nunca se lo he preguntado. Eligió a las águilas del América, y yo, bien podía haber elegido el mismo equipo y ser cómplices completos, ver los partidos juntos a partir de ese momento y gritar goles y abrazarnos o llorar las mismas penas, pero no, siempre me ha perseguido una incomprensible simpatía natural hacia el condimento que da apostar, así que elegí irle a los pumas de la UNAM, así, a minutos de que se jugara la final, habíamos definido sin saberlo el amor a la camiseta y a un archirrival para toda la vida, que para colmo, viviría en casa. Dicho sea de paso, ahora agradezco con el alma que esa final del noventa-noventayuno no haya sido entre Tecos y Atlante.

MEX SOC RICARDO FERRETI

El campeonato lo ganó pumas, convirtiéndome en tal vez el fan más espontáneo del mundo, como también el más prontamente recompensado. Ese año, sentí por primera vez lo que es el amor a la camiseta. Esa, ha de ser de las lecciones más grandes en la vida y no me la enseñaron en la escuela y en mi caso, tampoco en la casa.

Desde ese día aprendí varias cosas sin saberlo. Una, que a querer se aprende solo. Dos, que los cómplices en la vida son elementales, casi que obligados, aún cuando ese cómplice por un lapso de tiempo, (noventa minutos por decir algo) te deseen la derrota, al final, te palmeará la espalda y te enseñará a perder y a ganar, siempre en ese orden, siempre. Tres, que la tristeza y la felicidad se expresan de la misma forma. Llorando. Cuatro, que el amor duele. Y  cinco, a hacerle caso a Bukowski años más tarde cuando lo descubrí: “Find what you love and let it kill you”.

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