Fallar el penal

Cualquier falta dentro del área se castiga con penalty. Un tiro ventajoso que se cobra a once pasos desde donde un guardameta espera a ser acribillado. Lo más parecido a un pabellón de fusilamiento, de ahí el nombre: Pena máxima. El momento decisivo entre matar o morir, pero hay un momentito previo del que nadie habla y que lo define todo; no, no, no, no. No hablo de definir el marcador; qué importa si esa pena máxima bien ejecutada significa un empate o el gol del triunfo. Hablo de ese momentito que define al futbolista. El momento de tener los huevos bien puestos, tomarse las pelotas Y LA PELOTA y decir, “voy yo”, porque no hay acto más valiente ni más entera responsabilidad que decir: “voy yo”. Ahí es donde se define todo: Tu familia, un negocio propio, el amor de tu vida, la hipoteca de la casa, tu carrera, un hijo, la felicidad de tu familia, tu felicidad, la vida. Todo.

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Decir “voy yo” es tomar la pelota, llevarla hasta el manchón, sudar, acomodarla sobre el césped mientras eliges de qué lado le vas a pegar, latir a mil por hora, susurrarle un piropo, convencerla de ser tu cómplice, apretar la quijada, separarte de ella dos, tres, cuatro, cinco pasos (cuestión de estilos), aspirar hondo, encarrerarte, decidir hacia qué lado patearás y esperar el desenlace. El balón está en el aire. Todo está hecho. Matar o morir. La pena máxima.

Porque quien nunca ha dicho “voy yo”, nunca ha sentido la punzada en la panza que provoca el hundimiento en el pecho que conecta al corazón que bombea sangre a las glándulas lacrimales que estallan en los globos oculares que regulan la impotencia en los puños cerrados que te hace sentir un fracasado después de haber fallado el penal, pero tampoco, nunca en su putavida experimentará cómo se siente la ansiedad en los puños cerrados que llega hasta los globos oculares que activan las glándulas lacrimales que inyecta la sangre que va directo al corazón para ensanchar el pecho y provocar esa complaciente punzada en la panza al sentirte dichoso por ver la pelota regodearse en el fondo de la red. Y ahí se define todo.

Porque todo pasa adentro, piénsalo bien, todo pasa adentro. La diferencia de fallar o meter un penal en la vida es sencilla, si fallas, tu cuerpo intentará despojarse de la impotencia para no volver a experimentarla. Se llama aprendizaje. Si lo metes, algo dentro de ti nace. Se llama felicidad.

Que no se te olvide que ambas caras de la moneda, llegado el momento, sirven igual para pagar el peaje. Y por honor a la ley de las probabilidades, quien dice “voy yo” tiene más posibilidades de ganarle a la vida. Incluso, antes de haber pateado.

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